22 de marzo de 2007

PRIMAVERA


Antiguamente, cuando el paso del tiempo no estaba sometido al decreto de los calendarios y sí al dictado de los fenómenos naturales, la sabiduría popular no distinguía cuatro estaciones del año, sino cinco. La primavera era la más corta, una especie de apeadero en torno al equinoccio de marzo, situado entre los rigores del invierno (el hiems latino) y el esplendor del verano (ver), que a su vez precedía al estío o canícula, la época de los grandes calores. Y luego vendría el otoño.


Como a Josep Pla, a mí también me parece una apreciación muy fina y muy apropiada para la admirable rareza de estas fechas equinocciales. Prima vera, deformación en latín vulgar del clásico primo vere, o sea, ‘en el principio del verano’, era un concepto literario y poético que captaba con precisión unos matices que el calendario gregoriano, con su despótico cientifismo, acabaría eliminando. Prueba de que el «verano» de antaño no era el de ahora es el añejo refrán Una golondrina no hace verano, que se remonta a Aristóteles: todos saben que las golondrinas llegan mucho antes de lo que conocemos por verano. Pero vayamos a la autoridad de Cervantes, siempre de fiar: «Pensar que en esta vida las cosas della han de durar siempre en un estado es pensar lo escusado; antes parece que ella anda todo en redondo, digo, a la redonda; la primavera sigue al verano, el verano al estío, el estío al otoño, y el otoño al invierno, y el invierno a la primavera, y así torna a andarse el tiempo con esta rueda continua» (Quijote, 2, LIII).

2 comentarios:

la aguja dijo...

¿La primavera sigue al verano? He consultado la edición de Espasa Calpe que ofrecía el por entonces BBV (1996) y dice exactamente la misma frase. Supongo que dependerá de la percepción del paso del tiempo.

Anónimo dijo...

Claro que, al final, todo esto se irá al cacho por el calentamiento global ...